sábado, marzo 19, 2011



Del ojo a la boca…

Dueño de una suerte de antipoesía, más por las aristas que presenta su estilo, sin pretender alcanzar las ambiciones del chileno Nicanor Parra, el trabajo de Manuel Vilas (Barbastro, 1962), discurre entre una suerte de desesperanza, o rabia por ésta, y un ambiente que así le agobia, así le permite emprenderla en contra de él a través sus poemas. El espacio urbano, sobre todo el de su Zaragoza que le acoge y delimita, trasciende los simples linderos del telón de fondo y logra convertirse en organismo vivo que acecha en su trabajo.

Puede afirmarse que, además de poeta, ejerce labores de narrador, aunque más bien parecen ser dos caras de una misma escritura. En sus poemas encontramos sustratos narrativos y en sus relatos una imagen poética que no le abandona por más que se sacuda las manos. El barro que se desprende de éstas va a conformar las islas (tal como el otro dios hizo con la Grecia insular), para dar origen a unas pequeñas sociedades de palabras que provienen de un tronco común. Su poesía se encuentra en sus libros publicados El cielo (2000) y Resurrección (2005). Su trabajo narrativo está recogido en su libro de relatos Zeta (2002), su novela Magia (2004) y, su más reciente producción, España (2008), a la que algún crítico tildara de “nueva gamberrada”, a falta de mejor término definitorio de esa orgiástica escritura que le caracteriza.

Si la modernidad debe definirse por la presencia del elemento urbano (en físico y espíritu), entonces su poesía puede señalarse como tal. Posmodernidad, quizás griten los entendidos. En fin que no para definiciones emprendemos estos comentarios aunque alguna se nos escape de la pluma. La prosa y el verso, la línea poética, se entremezclan en las páginas de sus libros que nosotros, él mismo, acusaríamos de poesía. Fragmentos de misivas, diarios, poemas, relatos líricos, deambulan ante los ojos de un lector que, lejos de desesperarse sigue su rol siempre buscando más y “qué será lo que veremos ahora”… El país, la ciudad, sus habitantes, el hombre de a pie, sus escritores, el mundo a través de sus artistas, la calle que se encuentra ante los ojos del autor que denominaríamos real, las tiendas, restaurantes de comida rápida, los lavabos, los coches, las modas… todo se resuelve en una especie de aleph borgiano que nos obnubila no por lo fantástico que lo atraviesa sino, al contrario, por una realidad tan real que nos acerca al vértigo.

Así, desde una mirada nunca lo bastante serena ni lo bastante advertida del poeta que entra al McDonald´s de la Plaza España de Zaragoza para descubrir que el socialismo que tanto buscamos por estos lares ya lo han conseguido los gringos en una suerte de ascesis inversa, hasta la presencia del mismo autor ficcionalizado en el poema en el que conduciendo su coche por la autopista de San Sebastián se siente atraído por la visión del mar y se desvía y entra en bautismal acto, siempre bizarro, para gritar y exigir explicaciones al mundo, desde una y otra situación inventada o vivida, asistimos en su poesía a esa gamberrada de la que se hablara, vale decir, al escepticismo vuelto ternura, como lo sugiriera el jurado que le otorgara a Resurrección el XV Premio Internacional de Poesía “Jaime Gil de Biedma”.

Amor, (Visor, 2010) su más reciente publicación, recoge todos sus libros del género.

MUJERES

No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan, En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.

Etiquetas: