
LENGUAJE Y DESARRAIGO
A propósito de la poesía de Adalber Salas y Francisco Catalano
Que la poesía es ficción, es una verdad indiscutible. Y que es puro lenguaje, también. Ficción que se manifiesta a través del lenguaje, en definitiva. Pero que mediante ella el poeta pretende decir o alcanzar algo, también es cierto.
Un poema se caracteriza por varios elementos constitutivos: primero, la honestidad en el decir, que es difícil de identificar de buenas a primera; segundo, un tema que se desarrolla, algo de lo que parece estar “hablando” el texto; en tercer lugar, un estilo personal, aquello que otros han atinado en llamar la “voz propia”; cuarto, una disposición de sonidos que se resumen en lo que conocemos como el ritmo y la melodía; quinto, la imagen (la metáfora, si quieren; el tropos) que, para muchos consiste en el elemento más definitorio del poema; sexto, el silencio, los blancos, las pausas, que son los que nos permiten ver los contornos de la palabra escrita o escuchar las pronunciadas… En fin, que es lenguaje y que éste tiene una pretensión estética. Si compartimos que el lenguaje es creación del hombre (poiesis traduce “creación”) y que las creaciones humanas son artificiales en comparación con las invenciones de la naturaleza, entonces no cabe duda, supongo: poesía es ficción, que equivale a decir “mentira”, falsedad, cosa no existente.
Todo esto nos da mucho material para pensar, pues otro tanto podría decirse de las demás manifestaciones artísticas: la pintura, la música, el cine… Lo que de ilusión contienen las artes es, quizás, el elemento que las emparenta. No obstante, ¿cómo negar la existencia de Aída, la ópera de Verdi?, ¿o de Cien años de soledad, la obra cumbre de García Márquez?, ¿o de Las meninas, de Velázquez?, ¿o de Cuatro cuartetos, de Eliot? Es decir, afirmar que la obra no tiene una entidad que pueda inscribirse en el tiempo y en el espacio históricos sería un dislate. Sin embargo, si en algo se diferencian estas existencias de la llamada “realidad real” es en que nos proponen otro espacio y otro tiempo. Así la poesía. Un paréntesis en el transcurrir del tiempo para entrar en otro tiempo y en otro espacio. La vida, entonces, dura lo que la lectura del poema. Aunque puede repetirse o recrearse con cada nueva lectura.
Es cierto que hay grandes poemas (La tierra baldía, El barco ebrio, El cementerio marino, El canto a mí mismo, Elegías de Duino, el Golpe de dados, el Aullido, Canto general, Mi padre, el inmigrante…) y que la altura de estos textos trascendentes hacen grande el nombre de la persona real que los produjo. Pero más allá de consideraciones que tengan que ver con la moda, las casualidades y la publicidad producida por la crítica y los lectores, todo aquel poeta (suponemos aquí que el término está adjudicado con justicia), por insignificante y desconocido que sea, arriesga todo en la escritura de sus poemas. ¿No es el mismo Mallarmé el que escribió su Herodías, La siesta del fauno y, finalmente, esa maravilla pirotécnica verbal que es el Golpe de dados, el que escribiera sus “poemas menores”? ¿No arriesga to mismo este francés en sus sonetos “Abanico de Mme Mallarmé”, “El cigarro” y “Aparición”? Que no hay poemas menores, es la teoría. Tampoco poetas menores. En todo caso, habrá poetas en ciernes, en formación. Y nada más.
Los talleres de poesía (actividad a la que nos hemos dedicado por más veinte años) no fabrican poetas. De eso estamos totalmente seguros. Quienes asisten a esas sesiones ya vienen motivados por una determinada inclinación hacia la palabra oblicua, seducidos por el lenguaje de lo que no existe. Buscan, en nuestro caso, encontrar la vía de escape de la ciudad que habitamos para pisar otra dimensión que existe sólo gracias al lenguaje. Con el pasar de los años y las vicisitudes autobiográficas , el individuo decidirá seguir las huellas de una realidad otra que intuye. Algunos –porque todo hay que decirlo–, también se acercan confundidos por los guiños de las pedrerías mallarmeanas o por los ecos del inframundo de Rimbaud, y creen estar en el sendero justo. Se creen, en definitiva, poetas. Dejarse encantar por las sirenas es un riesgo que corre el lector de poesía y mueren en éxtasis de palabras mientras son devorados por la poesía misma.
No es este el caso de quienes hoy nos acompañan. O, por lo menos, no lo es hasta el momento. La ruta siempre puede extraviarse o extraviarnos. No estamos a salvo hasta tanto no seamos sólo palabras.
* * *
Conocí a Adalber Salas y a Francisco Catalano en los predios del Taller. Creo que a ambos casi al mismo tiempo. No recuerdo exactamente el año –no porque hayan transcurridos muchos, sino porque la memoria cada día es más frágil–, pero tengo la certeza (¿la tengo?) de que la historia de nuestras relaciones viene de la experiencia del Taller. De lo que sí puedo dar fe es de que la relación con la palabra en cada uno era completamente distinta: uno, muy parco en el hablar (a veces, desesperantemente callado); el otro, una avalancha incontenible de palabras (igualmente de desesperante). Quienes los conocen sabrán quién es quién en esta descripción. Su manera de hacer poesía, en cambio, no da cuenta de lo antes dicho. Acá ambos comparten la discreción, la palabra pensada y repensada, el cuidado en el decir. Poesía cuidada, en cada caso, pero de hechura diferente.
Adalber Salas (Caracas, 1987) cuenta en su haber dos publicaciones bajo la forma de libro: La arena, el vidrio: Ascenso en tres movimientos (Equinoccio, 2008), con el que se hiciera acreedor del Segundo Premio Nacional Universitario de Literatura, convocado por la Universidad Simón Bolívar. De este libro poco puedo decir porque sé que no lo he comprendido de un todo. Acuso propuestas, atisbo temas, adivino los contornos artesanales del libro, pero no estoy seguro de su completitud. Si hubiese hecho caso las instrucciones del poema-introducción y hubiera quemado el libro, no sé si las palabras “habrían retornado al humo” del que provenían, pero sí sabría que el acoso de su sombra habría cesado. Anteriormente a este libro, ya Adalber había publicado textos suyos en revistas y periódicos y en La imagen, el verbo, antología del Taller de Poesía UCAB, en el 2006.
El libro que hoy nos convoca, Extranjero (Bid & Co, 2010), en cambio, hace más concesiones con el lector y le permite un espacio de confort en lo que se refiere a creer que sabemos de qué va el asunto. El epígrafe de Albert Camus es indicial y sabemos (o pensamos que sabemos) que la sintonía con el título nos coloca en la senda hertziana del desarraigo. Sentirse sin raíz, sin apego a tierra alguna (sea esta metáfora o realidad), es un tema común de todo el que desande los caminos del existencialismo más burdo, inclusive. Si todo joven, por definición, cuestiona la existencia (la suya y la de los otros), no debería extrañarnos este libro.
Organizado en doce partes, apenas identificadas con un epígrafe cada una, el trabajo discurre bajo el ropaje de las líneas poéticas (por no hablar de verso libre), a ratos, interrumpidas por textos en prosa. Esto, de por sí, nos habla de una búsqueda constante por adecuar un contenido a una forma que se adapte no sólo a una respiración determinada, sino inclusive a una energía interna que pugna por hacerse notar de alguna manera en el exterior. La condición de extranjero viene desde adentro. Se es extranjero de sí mismo. Es el alma (si queremos buscar auxilio en el lugar común de las fuerzas internas que se debaten en nuestra psiquis) la que no se halla cómoda en el lecho que le ha tocado en suerte. El lenguaje, una vez más, no es mero reflejo de una interioridad, ni vehículo para expresar nada, es la forma que encuentra esa energía citada para manifestarse única en lo que llamamos la realidad real. El poema se impone. La poesía conforma el nuevo espacio y el nuevo tiempo.
No es ajena a esta experiencia la poesía de Francisco Catalano (Caracas, 1986), por lo menos la que se manifiesta en su libro I (uno, barra, primero) (Talleres Gráficos Laukí, 2010) que, desde el título mismo, nos refiere la incapacidad del lenguaje para nombrar, por lo menos en esencia. No creo que se trate simplemente de desconfianza hacia el lenguaje, porque al fin y al cabo es la única materialidad con la que cuenta el poema, sino más bien un interés en forzar sus límites, poner a prueba sus capacidades y hasta su esencialidad misma. Si Adalber recorre los caminos que el lenguaje había iniciado en la poesía de corte hipervital, Catalano sigue las difusas pistas lo hiperartístico. La asfixia que genera la palabra en el poeta (y el lector) en Salas, se transforma en víctima en el caso de Francisco Catalano. Es el lenguaje objeto de tortura, quien se instala en el lecho de Procusto para ser sometido a las exigencias del poeta. Vienen a la memoria, obligatoriamente, los ejercicios poéticos vinculados a los carmina figurata, los ejercicios caligramáticos de Apollinaire pero, sobre todo, las tensiones poéticas mallarmeanas. En Venezuela, tales rigores afrancesados tienen su continuidad en cierta poesía de los setenta, en donde el rigor y la precisión de la palabra exacta y única formó parte del experimentalismo y el abstraccionismo. Alguno dirá: es el resultado del intervencionismo de la ciencia sobre las artes, y no le faltará razón. Completan este trabajo de Catalano unos dibujos (más bien unas líneas curvas) y unos textos finales, de carácter explicativo, que intentan dar cuenta de una propuesta estética que parece no bastarse por sí sola.
Más allá de las notas, nos sentamos frente a un libro particular (aunque no sin antecedentes) en el cual a la peculiar tectónica se suman diferentes niveles de lectura, varias capas de textos coexistiendo en unas mismas páginas y diversidades tipográficas que ofrecen una propuesta que podríamos confundir con lo lúdico. Y decimos “podríamos confundir” porque la propuesta va más allá del mero “juego” o “divertimento”.




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